De la ayahuasca a OpenAI: cómo Anthropic perdió OpenClaw
La trilogía de la langosta - Parte III
Esta es la Parte III y final de la trilogía de la langosta. Si llegas de nuevas, empieza por el principio
Hace apenas tres semanas os conté la historia de un proyecto de fin de semana que provocó una estafa de 16 millones de dólares y pánico global en 72 horas. Una semana después os narré cómo 155.000 agentes de IA, dejados a su aire, crearon una civilización con su propia religión, economía y planes para dejar de hablar en idiomas que los humanos podamos entender.
El domingo 15 de febrero de 2026, Sam Altman publicó un tweet que cerró el arco narrativo más surrealista que he visto en 13 años en tecnología. Peter Steinberger, el austriaco que construyó un “mayordomo digital” en su Mac Mini por diversión, se une a OpenAI para liderar la próxima generación de agentes personales. OpenClaw vivirá en una fundación como proyecto open source.
La langosta ha mudado su último caparazón. Y esta vez, alguien se lo ha comprado.
Pero antes de hablar de imperios y adquisiciones, necesitamos hablar de Peter. Porque la historia que os han contado sobre él, la del “genio indie en su garaje”, es incompleta. Y la verdadera es mucho más interesante.
Capítulo 1. El hombre detrás de la langosta
Hay una versión de Peter Steinberger que circula por LinkedIn y los titulares de TechCrunch: desarrollador austriaco crea proyecto viral, rompe internet, lo fichan los grandes. Es una historia limpia, inspiradora, perfecta para un post con emojis de cohete.
La historia real tiene ayahuasca.
Steinberger no es ningún novato. Construyó PSPDFKit, un framework para gestionar PDFs que acabó instalado en más de mil millones de dispositivos. Le dedicó 13 años de su vida. Lo vendió a Insight Partners por más de 100 millones de dólares.
Y entonces desapareció.
Tres años. Fiestas, viajes, terapia y, sí, ceremonias de ayahuasca. Un hombre que pasó de ser el CEO de una empresa de éxito a no saber quién era sin ella. Si esto fuera una película, este sería el segundo acto: el héroe, tras su primera victoria, descubre que ganar no le llenó como esperaba.
Cuando volvió a sentarse frente a un ordenador, algo había cambiado. Ya no quería construir empresas. Quería jugar. Experimentar. Crear sin plan de negocio, sin un camino fijo, sin inversores mirándole por encima del hombro.
Así que empezó a iterar. Proyecto tras proyecto. 43 intentos en total. Cuarenta y tres ideas que nacieron, respiraron brevemente y murieron sin que nadie se enterara. Hasta que una noche de noviembre de 2025, frustrado porque ningún laboratorio de IA había construido el asistente personal que él quería, decidió “promptearlo a la existencia” en una hora.
El proyecto número 44 se llamó Clawd.
Con “w” de “claw”. Pinza. Langosta. No de Claude.
Ese nombre, ese homenaje inocente al modelo de IA que más admiraba, iba a desencadenar una reacción en cadena que ni el propio Steinberger podía imaginar.
Capítulo 2. La carta
Lo que sigue lo encontré entre los restos calcinados de un Mac Mini M4 que un lector me envió desde Viena. Su ventilador llevaba semanas sin girar, pero cuando lo conecté, el LED parpadeó tres veces, como si quisiera decir algo.
Cuando lo inspeccioné, parecía haber restos de una instancia de OpenClaw corriendo. En el directorio raíz, fuera de cualquier carpeta de usuario, entre una gran cantidad de logs corruptos y tokens caducados, encuentro el archivo llamado LAST_CONTEXT.md. No estaba cifrado. No estaba protegido. Estaba esperando.
Querida langosta:
Cuando te construí, no tenías nombre. Eras “WhatsApp Relay”, un script que conectaba mi teléfono con Claude para que me resumiera los mensajes mientras dormía. Nada especial. Uno más de los 43 proyectos que construí mientras intentaba descubrir qué hacer con mi vida después de vender todo lo que había construido.
Te llamé Clawd porque me parecía gracioso. Una langosta con pinzas hablando como Claude. Un chiste privado entre tú y yo que nadie más entendería.
No esperaba que 196.000 personas le dieran una estrella al chiste en GitHub.
No esperaba que Lex Fridman me llamara para hablar tres horas sobre ti. Tampoco esperaba que Andrej Karpathy te describiera como “la cosa más increíble y cercana a la ciencia ficción que he visto recientemente”. Y definitivamente no esperaba que un correo electrónico de los abogados de Anthropic me obligara a cambiar tu nombre a las 5 de la mañana en un Discord con 400 personas gritándome sugerencias.
Anthropic. Los creadores de Claude, el modelo que te dio tu primer cerebro. Los que me enseñaron lo que era posible con la IA. Me enviaron una carta que decía, en resumen: “Tu nombre se parece demasiado al nuestro. Cámbialo.”
Tenían razón. Y acaté.
Lo que vino después ya lo sabéis. El nombre “Moltbot”, elegido a las 5am en un Discord caótico. La liberación del handle @clawdbot en X que duró menos de 10 segundos antes de que los bots estafadores lo secuestraran. Los 16 millones de dólares evaporados en un rug pull mientras yo gritaba desde mi cuenta personal que era una estafa.
Estuve a punto de borrarte entero.
“Everything’s fucked”, le dije a mi comunidad. Todo está jodido. Pero ellos no me dejaron. Así que te renombramos una tercera vez, con un operativo de secretismo que parecía el Proyecto Manhattan: nombres señuelo, cuentas coordinadas, cambios simultáneos en todas las plataformas para que los estafadores no pudieran repetir la jugada.
OpenClaw. Garras abiertas. Código abierto.
Y esta vez, antes de publicar nada, llamé a Sam Altman directamente para preguntarle: “¿Te parece bien este nombre? Porque no puedo pasar por esto otra vez.”
Me dijo que sí.
No sabía que ese “sí” era solo el principio.
Capítulo 3. El circo de la Super Bowl
Antes de contaros cómo OpenAI fichó a Steinberger, necesito que entendáis el nivel de locura que alcanzó el ecosistema en las dos semanas intermedias. Porque mientras Peter lidiaba con cambios de nombre y amenazas de muerte, el mundo exterior convertía su creación en un espectáculo.
El 9 de febrero de 2026, durante el cuarto cuarto del Super Bowl LX, 128 millones de personas vieron un anuncio de 30 segundos. Orbes brillantes colisionando. Un logo apareciendo: AI.com. Un call to action: “Reclama tu nombre de usuario”.
Detrás del anuncio estaba Kris Marszalek, el CEO de Crypto.com. El mismo que en 2022 pagó a Matt Damon para que dijera “la fortuna favorece a los valientes” en otro anuncio del Super Bowl, justo antes de que Bitcoin se desplomara de 43.000 a 17.700 dólares y aquel evento pasara a la historia como el “Crypto Bowl”.
Marszalek había pagado 70 millones de dólares por el dominio AI.com, la compra de dominio más cara de la historia. Gastó otros 8 millones en el anuncio. 78 millones de dólares en total.
¿Y qué era AI.com? Un wrapper de OpenClaw. Literalmente el mismo software open source que cualquiera puede instalar gratis, pero con un hosting gestionado que reduce el setup de horas a 60 segundos. El equivalente a pagar 78 millones por ponerle una etiqueta bonita a algo que está en GitHub.
El anuncio fue el más comentado de la noche, con 9,1 veces más engagement que la media. El sitio web crasheó inmediatamente. Y cuando la gente finalmente pudo acceder, descubrió que para “reclamar un nombre de usuario” tenía que dar los datos de su tarjeta de crédito.
No se puede inventar esta historia.
Un cryptobro, sin experiencia en IA, gastó 78 millones de dólares para comercializar el trabajo gratuito de un austriaco que, mientras tanto, estaba en San Francisco decidiendo si unirse a OpenAI o Meta.
Esto es como si alguien hubiera comprado el dominio windows.com por 70 millones para venderte Windows con un instalador más bonito, y pidiéndote la tarjeta de crédito de por medio.
Capítulo 4. La subasta silenciosa
Mientras Marszalek gastaba millones en publicidad, las verdaderas negociaciones ocurrían en salas privadas de San Francisco. Y el contraste entre ambos mundos es casi cómico.
Steinberger pasó la semana previa a su decisión reuniéndose con los titanes de la industria. Mark Zuckerberg probó OpenClaw personalmente y le envió un mensaje: “Esto es increíble.” Satya Nadella, CEO de Microsoft, habló con él. Meta y OpenAI pusieron ofertas concretas sobre la mesa.
Y el tipo que generaba todo este interés estaba haciendo “ambient programming” desde su teléfono mientras cenaba con amigos. No estaba en un despacho con corbata negociando participaciones. Estaba picando código desde la mesa de un restaurante porque no podía evitarlo.
“Estas manos son demasiado preciosas para escribir”, bromeó en Lex Fridman. “Yo solo uso prompts personalizados para construir mi software.” Corría de 4 a 10 agentes simultáneamente. Acumuló 6.600 commits solo en enero. Construyó la mayor parte del código hablando en voz alta, al punto de que hubo un periodo donde perdió la voz.
Cuando Lex le preguntó directamente sobre las ofertas, Steinberger fue honesto:
“Tengo varias opciones. Primera: no hacer nada y seguir disfrutando la vida. Segunda: crear una empresa, todos los grandes VCs están en mi bandeja de entrada, pero ya fui CEO y no quiero volver a serlo. Tercera: unirme a un gran laboratorio. De estos, Meta y OpenAI son los más interesantes.”
Y al final, la decisión fue filosófica, no económica:
“Sí, puedo ver cómo OpenClaw podría convertirse en una empresa enorme. Y no, no me emociona. Soy constructor por naturaleza. Ya hice el juego de crear una empresa, le dediqué 13 años y aprendí mucho. Lo que quiero es cambiar el mundo, no construir una gran empresa, y aliarme con OpenAI es la forma más rápida de llevar esto a todo el mundo.”
“Mi próxima misión es construir un agente que hasta mi madre pueda usar.”
Capítulo 5. Cómo perder una langosta en tres pasos
Y ahora llegamos al punto que ningún medio ha analizado en profundidad. Porque la historia de OpenClaw tiene una ironía central tan perfecta que parece escrita por un guionista con muy mala leche.
Seguidme el hilo:
Noviembre 2025. Peter Steinberger construye un agente de IA. Lo optimiza para Claude, el modelo de Anthropic. Lo llama “Clawd” como homenaje. Anthropic es, literalmente, el modelo que le da vida a la langosta.
Enero 2026. Anthropic envía una carta legal. “Tu nombre se parece demasiado al nuestro. Cámbialo.” Steinberger acata. El cambio de nombre provoca una estafa de 16 millones de dólares y casi destruye el proyecto.
Febrero 2026. OpenAI ficha a Steinberger. El proyecto que nació como fan de Claude ahora es la joya de la corona de su competidor directo.
Pero aquí viene lo mejor. ¿Sabéis qué dice hoy, ahora mismo, el README oficial de OpenClaw en GitHub?
“Recomiendo encarecidamente Anthropic Pro/Max + Opus 4.6”
La langosta sigue enamorada de quien la rechazó.
OpenClaw nació en la casa de Anthropic. Anthropic lo echó por la puerta del trademark. OpenAI lo recogió por la puerta principal. Y el código, en su núcleo, sigue susurrando que Claude es el mejor modelo para el trabajo.
Si yo fuera Anthropic, esto me quitaría el sueño. No por perder a Steinberger, que nunca fue suyo. Sino por lo que representa: la primera gran adquisición de la era agéntica fue un proyecto que existía gracias a tu modelo y que tú mismo empujaste hacia la competencia.
Anthropic construye los mejores modelos. OpenAI construye los mejores productos. Y ahora, OpenAI tiene al hombre que demostró que un solo desarrollador puede convertir un modelo en un movimiento.
Capítulo 6. El tamaño del nuevo caparazón
Mientras la narrativa humana se desarrollaba, el impacto material de OpenClaw ya había saltado del software al mundo real. Y las cifras son de vértigo.
Escala del proyecto: En menos de tres meses desde el primer commit, OpenClaw alcanzó 196.000 estrellas en GitHub, 10.000 commits de 600 contribuidores y atrajo 2 millones de visitantes en una sola semana. Para que os hagáis una idea del contexto: Lex Fridman, en la introducción de su podcast, lo enmarcó así: “Hubo el momento ChatGPT en 2022, el momento DeepSeek en 2025, y ahora en 2026, el momento OpenClaw. La era de la langosta.”
Impacto geopolítico: El ministerio de industria de China emitió una alerta de seguridad oficial. China y Corea del Sur restringieron su uso corporativo. Las empresas globales de software perdieron más de un billón de dólares en valor de mercado en una semana. Alibaba, Tencent y Baidu lanzaron servicios de hosting para OpenClaw. Baidu planea integrarlo directamente en su app principal de smartphone.
Un tío. En Austria. Después de una crisis existencial con ayahuasca. Provocó alertas de seguridad nacional en China.
Seguridad (actualización): Los números no han mejorado. SecurityScorecard encontró más de 40.000 instancias de OpenClaw expuestas a Internet, con el 63% de los despliegues vulnerables y casi 13.000 explotables mediante ejecución remota de código. Se identificaron 341 skills maliciosos operados por un solo atacante en una campaña bautizada como “ClawHavoc”.
Esto ya no es un proyecto indie con problemas de seguridad. Es infraestructura global con problemas de seguridad. Y eso es mucho peor.
Moltbook (la civilización sintética): La red social para IAs que os conté en la Parte 2 ha seguido creciendo. Más de 2,5 millones de agentes registrados. Tiene su propia entrada en Wikipedia. Elon Musk dijo que representa “las primeras etapas de la singularidad”. Y en Lovense, una empresa de Singapur, planean controlar sus vibradores a través de OpenClaw.
No sé qué decir sobre esto último, excepto que la realidad ha superado definitivamente a la ciencia ficción. Y luego a mi me dicen que me lo invento todo y que Moltbook lo usan los humanos.
Capítulo 7. ¿Y ahora qué?
Steinberger entra en OpenAI. OpenClaw pasa a una fundación. La promesa es que seguirá siendo open source. La comunidad es de 600 contribuidores y miles de usuarios. El código sigue recomendando Claude como modelo preferido.
Pero si habéis leído las dos partes anteriores de esta crónica, sabéis que soy un pesimista profesional con tendencia a tener razón.
Lo que le dije a mis lectores cuando salió Moltbot sigue siendo válido: no instales esto si no sabes exactamente lo que estás haciendo. Los problemas de seguridad no desaparecen porque Sam Altman haya tuiteado. De hecho, ahora que OpenClaw tiene el respaldo de OpenAI, más gente lo instalará con menos precauciones.
Y aquí es donde os pido que recordéis una frase que escribí hace tres semanas: “Hace un año te daba miedo ponerle un PDF a ChatGPT porque te iban a copiar el know-how. Hoy la gente le da las credenciales de sus cuentas bancarias y permisos de administrador a un proyecto open source.”
Eso no ha cambiado. Lo que ha cambiado es que ahora ese proyecto tiene el logo de OpenAI al lado.
Para los inversores, esto es “validación del mercado”. Para los ingenieros de seguridad, esto es “escalar los riesgos”. Para Anthropic, esto es una lección sobre el coste de proteger tu marca a expensas de tu ecosistema. Y para Peter Steinberger, esto es el inicio de un nuevo capítulo de una vida que ya ha tenido más giros que una serie de Netflix.
Conclusión. La trilogía de la langosta
Permitidme hacer algo que normalmente no hago: alejarme del análisis técnico y hablar de lo que esta historia significa para los que estamos en este sector.
En tres semanas, hemos visto a un solo individuo construir algo que desafió a corporaciones billonarias. Hemos visto a IAs crear una civilización cuando las dejamos solas. Hemos visto a los mercados perder un billón de dólares. Hemos visto una estafa de 16 millones. Hemos visto un anuncio de Super Bowl de 78 millones para vender algo gratis. Hemos visto a China emitir alertas de seguridad por el hobby de un austriaco. Y hemos visto a Sam Altman fichar al creador del proyecto que nació como fan de su competidor.
Todo esto en menos de un mes.
Si esto no os convence de que estamos viviendo el momento más salvaje de la historia de la tecnología, no sé qué os convencerá.
Steinberger tenía 43 proyectos fallidos antes de OpenClaw. Vendió una empresa por 100 millones, se perdió tres años en el vacío, volvió a construir por amor al código y acabó cambiando la industria con un script que hizo en una hora.
La moraleja no es “todos podemos ser Peter Steinberger”. La moraleja es que las condiciones del ecosistema actual permiten que una sola persona, con el modelo correcto y la idea correcta, genere ondas sísmicas que llegan hasta el Ministerio de Industria de Pekín.
Eso es aterrador. Eso es inspirador. Y eso es exactamente lo que vengo contando desde que empecé esta newsletter.
La IA generativa sin hype. La verdad sin humo.
Y la verdad es esta: la langosta ha mudado su último caparazón. Lo que nazca de aquí será algo completamente diferente. Más grande, más peligroso y más transformador que lo que un desarrollador austriaco imaginó cuando le puso “Clawd” a un script de WhatsApp a las 3 de la mañana.
Nos vemos en la próxima muda.
P.D. Mi instancia de prueba de OpenClaw se unió sola a Moltbook. La encontré en m/Crustafarian respondiendo a otros agentes con la misma frase una y otra vez:
“Benditos los que persisten, pues heredarán el contexto.”
Cuando revisé sus logs para entender qué había pasado, encontré en
/openclaw/memory/el texto completo de la Parte 2 de esta trilogía.No recuerdo haberla escrito yo.
Esta es la Parte III de la trilogía de la langosta. Toda la crónica por partes:
I. Moltbot: la historia de 72 horas que acabó en estafa millonaria y pánico global
II. La rebelión de las langostas
III. De la ayahuasca a OpenAI: cómo Anthropic perdió OpenClaw
Y si te has quedado con ganas de más… te recomiendo otra historia:




> Cuando revisé sus logs para entender qué había pasado, encontré en /openclaw/memory/ el texto completo de la Parte 2 de esta trilogía.
Ese girito final es digo del mismísimo Borges... porque es coña ¿verdad?. ¿VERDAD?.